Cuentitis aguda

domingo, octubre 01, 2006

Griselda (I)

rase una vez, en un reino bastante retirado, un joven príncipe, guapo, elegante, bien educado, culto, buen guerrero y cazador, amado por todos sus súbditos sin excepción ... en fin, un príncipe que valía un potosí y dos potonós.

Pero este buen hombre tenía un defecto, y éste era que desconfiaba de todas las mujeres, pensaba que todas ellas eran unas lagartonas interesadas que sólo iban con los hombres como él por el dinero o por el interés social. Pensaba que no existía ninguna mujer digna de ejemplo y que todas tenían el poder de tener a los hombres pisoteados, si es que no les ponían una cornamenta como la del padre de Bambi. Unas malas pécoras todas. Para él no valía aquello de que “todas unas guarras menos mi madre y mi hermana” puesto que no tenía ni madre ni hermana... para él todas eran unas guarras, todas absolutamente todas.

Por culpa de esta no tan grata opinión que tenía de las mujeres, el príncipe no quería casarse ni a tiros. No sé ya si por misoginia o por pura cabezonería, pero es que no quería pasar por el altar ni aun a punta de ballesta. Había visto a muchos príncipes amigos suyos dejar de acudir a la cita diaria de cacería por culpa de sus jóvenes esposas que después de la boda se habían hecho con los pantalones en el castillo.

Este defecto (que cualquier hombre vería como una virtud) hacía que su reino estuviera preocupado. ¿Cómo podía el príncipe dar un heredero al reino si no se casaba? Desperdiciar tantas cosas buenas como él tenía sin pasarlas a través de sus genes a su descendencia... inconcebible para la época (por aquel entonces no valía hacer lo de Michael Jackson de tener hijos “sin madre” para heredar el reino).

El príncipe, todos los días después de haber ejercido como soberano y haber dictado sus leyes, firmado sus papeles y ordenado sus cosas en el castillo, se iba de cacería. Le gustaba la caza, pero también salía a los bosques porque estaba más que harto de los sermones de sus consejeros. Que si a ver cuándo te casas, que si se te pasa el arroz, que si forma parte del trabajo de príncipe...

Un día, en una de sus salidas caceriles por los bosques de su reino, resultó que el príncipe se despistó del grupo de amigotes con el que había salido. Y como nuestro príncipe no era muy bueno en eso de la orientación (y como a todo hombre le resultaba casi ofensivo eso de mirar el mapa) pues se perdió. Otra cosa que tenía este príncipe es que tenía una suerte que lo flipas y dio la casualidad que en su galopar sin rumbo apareció en un claro del bosque donde había una joven pastora que estaba hilando al lado de un riachuelo mientras cuidaba de su rebaño. Allí estaba ella en una pose tan “chenchual” hila que te hila con todos sus aparejos de costura: la rueca, las lanas, los hilos y las agujas. Podéis haceros una idea de lo que le gustaría hilar para haberse llevado tanto artilugio al bosque con lo que debía de pesar todo aquello. La escena era tan bucólica que el príncipe se atrevió por fin a pedirle indicaciones para volver a su castillo. La joven doncella le vio tan perdido que decidió acompañarle un rato. Ella no paraba de sonreírle y de ponerle ojitos tiernos. Fue tan amable, dulce y estaba tan buena que al príncipe no le quedó otra que enamorarse de ella.

Nada mas llegar el príncipe a su castillo se hizo un planito de cómo llegar al lugar dónde había encontrado a la bella. Investigó, yendo a verla muy a menudo, que ella se llamaba Griselda y que vivía con su padre en una casita del bosque. Griselda era todo virtud, discreta, sencilla y paciente, no hay mas que ver que no se avergonzaba del nombre que le habían dado...

Habiendo encontrado por fin a la chica que era la excepción a su opinión sobre las mujeres, el príncipe comunicó que había decidido casarse al fin. “Elegiré como esposa” – dijo – “a una doncella del reino, bien nacida, discreta y muy guapa”.

Como todas las chicas en edad casadera del lugar querían ser las elegidas empezaron a bajarse dobladillos, subirse escotes y refinarse en el hablar. El día elegido para el gran bodorrio del siglo llegó y el príncipe, ante la sorpresa de todo su cortejo (que estaban arregladísimos y monísimos para el evento), fue en busca de Griselda al bosque. Ella ya estaba arreglada y con la raya del ojo hecha puesto que, como súbdita, también estaba invitada a la boda. “Griselda” – dijo el príncipe – “¿a dónde vas tan deprisa y tan guapa?”. “A la boda real” – dijo ella. La verdad es que no había que tener muchas luces para darse cuenta de que así no iba a ir a hilar y pastorear al lado del río... “Aquí te traigo el traje de boda más bonito del mundo mundial porque el príncipe soy yo y quiero que seas tú mi princesa.” Griselda, que era muy sumisa y muy obediente, volvió a meterse a su casa a cambiarse de ropa y como ella era tan mona y el príncipe tan suertudo, pues el vestido le sentó a las mil maravillas. La chica era muy apañadita, se hizo un peinado como el que no quiere la cosa que era digno de una princesa.

Griselda Griselda poniéndose mona.

... continuará...