Cuentitis aguda

lunes, octubre 02, 2006

Griselda (II)

Enlace a Griselda (I)


n una carroza de oro y diamantes y piedras preciosas, muy sencilla ella, los lacayos condujeron a la pareja al castillo donde todo estaba listo para el casorio. Todo el reino vio perfecta la elección del príncipe pues Griselda era tan sencilla, tan modesta, tan guapa y tan elegante que sería la princesa perfecta. La boda fue lujosa y pomposa, como merecía ser la boda del príncipe y la princesa más atractivos que jamás se vieron.

El príncipe era tan bueno en su labor de esposo como en su faceta de cazador, que donde ponía el ojo ponía la flecha, que a los nueve meses justos del bodorrio la princesa Griselda dio a luz a una niña. La bebita era tan guapa tan guapa que, a diferencia de cualquier príncipe de la época, el príncipe estaba tan feliz con su niña, vivo retrato de su madre, como si hubiera tenido un varón. Griselda también quería mucho a la princesita, tanto que se decidió por amamantarla ella misma, no es que en aquella época existieran los biberones con tetina de látex antialérgica, pero sí que se estilaba que se contratara a un aya para criar a los hijos de los reyes.

Era todo tan bucólico y feliz que, como en estos casos suele pasar, al príncipe le volvió a dar aquella vena que tenía justo antes de decidirse a ir al altar con Griselda. Empezó a dudar de la excesiva virtud de su mujer. Ella era demasiado buena, tanto que a él le resultaba cargante. El príncipe empezó a poner pruebas a su esposa, pruebas que hicieran a Griselda reaccionar, chillar, considerar algo injusto o simplemente fruncir el ceño.

Tal era la obsesión del príncipe que lo primero que hizo fue encerrar a Griselda en uno de los torreones del castillo. Griselda lo tomó bastante bien y pensó que así podría estar más tiempo a solas con su bebé. Como ésto no funcionó y el príncipe no consiguió ver el lado malo de la princesa, le dijo un buen día. “Griselda querida, creo que deberíamos apartar a la niña de tus faldas que va a acabar muy malcriada y una princesita debe ser educada para ejercer correctamente su papel en la corte y, perdona que te diga, pero tú no has sido educada para ser capaz de guiar a nuestra hija por ese camino tan duro”. Griselda lo entendió perfectamente y consintió que las damas educaran a la niña. El príncipe no podía creer lo que veía. Se le ocurrió entonces que la solución para despertar la “mala leche” de su mujer podría ser darle un disgusto muy grande. Un buen día sacó a su princesita del castillo y la llevó a un convento para que unas monjas la educaran sin saber que era la hija del rey, y no se le ocurrió otra cosa que decir a su mujer que a la niña le había dado un tabardillo y que había muerto. Griselda lloró y lloró desconsolada. El príncipe se dio cuenta entonces de lo “cabronazo” que había sido y se sintió realmente mal. Griselda que vio a su marido decaído pensó que era por la muerte de la niña de sus ojos y en vez de preocuparse por ella misma y su propio sufrimiento, se volcó en el cuidado del príncipe.


El príncipe no quiere que su hija esté enmadrada


El príncipe no le contó nada a Griselda sobre la gran bola que le había metido. Pasaron 15 años, 15 años felices para el matrimonio de príncipes que se querían un montón y que eran un par de babosetes todo el rato que si besito por aquí que si besito por allá.

Mientras tanto la princesita estaba ya en la edad del pavo. Ella no sabía que era una niña de alta cuna y vivía feliz en su ignorancia. Era tan guapa y virtuosa como su madre y tan elegante y atractiva como su padre. Como ya estaba en edad de merecer, uno de los caballeros del reino, guapo y bien plantado, le tiraba los tejos. Ella se resistió a palabras mayores pero le aceptó como novio (de los de darse solo la manita y nada mas, no os vayáis a creer...). El príncipe, el padre de la chica, vio bien esa relación tan casta y tan pura, pero volvió a preocuparle una cosa: en esa familia parecía que todas las chicas iban a ser igual...

Así fue que el príncipe decidió que lo mejor sería hacer pasar a los chicos algunas pruebecitas para ver si era amor de verdad o era solo un rollete, casto pero rollete al fin y al cabo. “Y” – pensó – “ya de paso vuelvo a probar a mi esposa, que no es que dude de ella, pero quiero mostrar al reino lo valiosa que es y la joyita que tienen por soberana”. Al príncipe se le iluminó la cara, porque como os habréis dado cuenta a estas alturas del cuento, al hombre le iba el rollito del sadismo, y tenía un traguito el pobre.

El príncipe hizo una proclama ante su pueblo. Debido a que su mujer no le había dado ningún hijo que heredara la corona pues había decidido, así de repente, que lo mejor era divorciarse de Griselda y casarse con otra mujer más joven, más virtuosa y con las carnes más prietas. Dijo que la doncella con la que se iba a casar era de buena familia y había sido criada por unas monjas que la habían educado a las mil maravillas para ejercer como soberana (no como Griselda, que había sido educada para ser pastora). La noticia no sentó muy bien a la princesita y el caballero porque les iban a separar.


... continuará...

1 Comentarios:

  • Bueno por favor...que principe mas cabron, y vaya sentido del humor mas torcido que tiene......
    De verdad nos dejaban leer esto de pequen.os?
    A este principe habia que ponerle una orden de alejamiento, vamos.

    Por Anonymous Di, el 03 octubre, 2006 17:23  

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